La parte más tierna

por SONIA SANTORO
Cuando se separó después de casi veinte años de matrimonio, su única conexión con el planeta masculino se cortó. Los hombres vivían en un mundo paralelo y extraño, siempre había sido así, pero el matrimonio la mantenía conectada.
Ahora tenía que volver a encontrar el portal de paso.

A los trece años había dado su primer beso a un chico cualquiera para salir de la ignorancia. Fue en el quincho de la casa de una amiga que cumplía años. Quedaban pocas personas en la fiesta. Había un chico de dieciséis que de pronto se le acercó para pedirle un chicle y, sin más, le dio un beso. A ella le dio risa esa lengua adentro de su boca. A los dos minutos, él le agarró la mano para que le tocara el bulto que había crecido debajo de su pantalón. Ella sintió que todo era un poco ridículo, pero dejó la mano y notó las palpitaciones. Cuando se despidieron, pensó que todos se darían cuenta del cambio que ella había sentido por dentro. Y aunque tenía miedo de que su papá la descubriera, cuando él la pasó a buscar y arrancó el auto sin decir palabra, ella se sintió decepcionada.
A veces pensaba que no había cambiado tanto desde entonces aunque el espejo le dijera otra cosa. Tenés que estar abierta, le repetía una compañera de trabajo. Le mandaba fotos de chistes sexuales que no le hacían gracia y le indicaba la ropa ajustada y la actitud que debía tener para volver a estar en carrera (instalarse una aplicación de citas era fundamental). Todos esos intentos por sacarla no hacían más que hacerla sentir desgraciada. Pero algunas noches, cuando su hija no estaba y en el departamento solo se escuchaba la respiración de su gata, se decía que algo tenía que hacer. ¿Viajar? Nunca había salido sola de vacaciones (¡qué era eso!).
El verano siguiente eligió una playa caribeña. El primer día, en el bar del hotel, unos turistas borrachos competían por tomar tragos y terminaban cada ronda con gritos y risas exageradas. Ella se sintió incómoda (tal vez no había sido buena idea ese viaje, ese hotel). Ella no se divertía así de fácil. Mientras caminaba por la pasarela de madera para llegar al mar, sentía que todos la miraban y pensaba en sus muslos blandos (debía retomar el gimnasio si no quería parecerse a su madre). Esta nueva vida sola estaba hecha en base a autoimposiciones: obligarse a hablar con un vecino, a caminar por la pasarela en malla, a tomar un ferry (aunque la última vez hubiera vomitado hasta caer desmayada entre los asientos).
 
 
Durante esos días comió papas fritas y carne grasosa sin culpa. Tomó cerveza y vino en barras de bares, no soportaba cenar sentada sola en una mesa. Se dio cuenta de que le gustaban los mismos hombres que le habían gustado siempre. Pero eran mucho más jóvenes que ella y miraban a las chicas holandesas de pelo blanco y cuerpo firme. Los que se fijaban en ella eran viejos, como esos cuatro amigos yankees que se sentaron a su lado en el bar de carne argentina y le convidaron una copa de licor de café con crema. Debía tomarlo de un saque. Ella lo intentó pero no lo logró. Se limpió el mentón con una servilleta y siguió tomando de a sorbitos mientras uno de ellos le hablaba en un inglés básico -para que ella entendiera-, de su gusto por esas playas que visitaba hacía veinte años.
Ella contrató varios tours, algo que jamás había hecho. El primero visitaba unas ruinas. La pasaron a buscar en una combi. Cuando se subió ya había un pasajero; tomó una decisión valiente, se sentó al lado. Al rato, él le preguntó de dónde era y empezaron a hablar. Qué fácil había sido. Era un ingeniero venezolano bastante joven. Ella percibió la tensión de hablar con un hombre y sostener el diálogo. Se decía que estaba haciendo lo correcto; entrenaba, daba los pasos necesarios. Se preguntó si podría acostarse con él. El ingeniero no le gustaba pero era agradable y tal vez debía intentarlo. ¿Pero cómo se hacía para ir de acá hasta allá? Imposible saberlo, se decía, ¿o acaso era posible imaginar cómo era parir si no se había tenido un hijo? Ella se había acostado con hombres, claro, pero ya no era ese bife con lomo jugoso que muchos querían, y sentía que su memoria la traicionaba: la separación le había arrancado la parte más tierna de su cerebro.
En un momento se preguntó si el ingeniero gustaría de ella (¡como en la escuela!). Pero cuando lo vio ofrecerse a sacarles fotos a unas chicas en shorts y musculosas ajustadas, se dio cuenta de que tendría que contratar otra excursión y visitar otras barras de bares.
A los dos días, se animó a conocer unas islas. Hacía unos años se había quedado con las ganas de atravesar el canal de Beagle por miedo a las náuseas. Esta vez no, se dijo. Preguntó qué tipo de barco sería, se compró pastillas para los mareos y allá fue. El tour prometía bebidas alcohólicas libres como un plus que ella no lograba entender. ¿Cuánto se podía tomar en un tour? Cargó su botellita de agua por las dudas.
En el colectivo habló con un chileno que viajaba con su esposa de all inclusive en all inclusive desde que eran jubilados. Todo fue bien hasta que él le preguntó si era abuela. Ella se alejó en cuanto estuvieron abajo del micro. ¡Abuela! Había sido un golpe bajo.
Por un rato, dejó de calcular los hombres disponibles y de repasarse el rouge. En el puerto, esquivó vendedores de souvenirs y promotoras de protectores solares ecológicos. Después, tomó la pastilla antimareo y siguió las instrucciones de la tripulación, hasta que se ubicó en un rincón del barco, agarrándose de todas las manos que le ofrecieron para no trastabillar; no fuera cosa que se partiera un hueso (¡la cadera, como las viejas!) y el chileno tuviera razón.
Cuando el catamarán arrancó, ella empezó a controlar que esa sensación de peso en la boca del estómago no se desbandara y terminara a los vómitos. Vamos bien, se decía, mientras intentaba no escuchar el alboroto de un grupo de porteños que hacía chistes verdes. Ella miraba hacia otro lado y se atajaba la capelina de los embates del viento.
Cuando empezaron a traer la bebida libre, entendió el hincapié que había hecho el vendedor del tour. Corrían bandejas de licores, tragos, licuados de colores chillones: azul petróleo, rojo morado. La música subió de volumen y la gente empezó a moverse sin miedo por el catamarán. Ella no tomó.
En un momento, se dio cuenta de que al lado suyo había un hombre, ¿solo? ¿Cómo se le había pasado? Era moreno y bajito (ella prefería los altos), pero simpático. Se llamaba J. Cuando llegaron a la isla tenían tiempo libre (¡como una hora!) y él le preguntó si quería que anduvieran juntos. ¡Qué gracioso, que anduvieran! Ella dijo que sí, ¡claro! Y mientras se metía al agua turquesa que dejaba ver los pies o trataba de ocultar su panza con un pareo, se preguntaba si J le gustaba, y si eso tenía alguna importancia. Al menos los dos eran separados con hijos, y conocían las mismas canciones de los ochenta porque las habían escuchado tirados en la cama de la adolescencia.
A la vuelta, se armó otra vez el baile en el catamarán y los tragos volvieron a correr, animando a toda esa gente empecinada en divertirse. Con la primera cerveza ella había dudado. Alcohol en altamar no le parecía una buena combinación para una nauseosa, por más pastillas que hubiera tomado. Pero pronto se dijo ¿por qué no? Y empezó con la cerveza y siguió con los traguitos azules. Terminó abriendo la boca hacia el cielo para que un mozo, parado al costado de la pista como un calesitero que tienta niños con la sortija, le tirara caipiriña con una botella de gaseosa.
En el micro de regreso eligió una ventanilla y se sintió feliz de que J la siguiera y se sentara al lado. Compartieron auriculares. Él musicalizaba el atardecer con cumbia del conurbano. Se reían. Antes de despedirse, J le dijo que se encontraran a la noche para cenar. ¡Qué nervios, una cita! ¿Qué se pondría? Intercambiaron whatsapp y fotos de la excursión. Pero cuando llegó al hotel y se duchó, se sintió agotada y dudosa. Googleó a J para ver si le había dicho la verdad. ¿Y si lo dejaban para otro día?, le escribió. Por suerte él no llegó a leer el mensaje y ya estaba en el lobby para buscarla.
Cenaron en un restaurante al aire libre, en el que los músicos cantaban boleros a diez dólares la canción. Tomaron un vino caro pero ella se dijo que no se iba a preocupar por la cuenta. La noche era cálida y sentía que el murmullo de la gente que paseaba por la calle la protegía.
J pagó y la acompañó al hotel. Ella propuso ver el mar desde su ventana. Minutos después, se sentaron cómodos en el porche de la habitación mientras se reían de cosas que seguramente no recordarían al día siguiente.
En un momento, él dejó de hablar, se paró y la besó. Ella sintió sus bocas pastosas por el alcohol de todo el día y no pudo evitar hacer comparaciones mentales con los besos de su ex. J coló su mano por debajo del vestido de flores que ella había estrenado.
Ella no encontraba lo que esperaba cuando le tocaba la nuca o besaba las orejas de J. Igual, se decía, estaba bien, tenía que pasarlo. Pero cuando él quiso ir al cuarto, ella entró en pánico y le dijo que se fuera. Él insistió una y otra vez y ella se rendía y volvía a ponerse alerta luchando contra sí misma. Le dijo que estaba muy nerviosa, y era cierto. Él, finalmente, se fue. Ella se arrepintió enseguida. A los pocos minutos, él volvió y dijo que ya eran grandes, que se evitaran todas esas vueltas. Ella le dio la razón. Basta, es ahora, se dijo.
A la madrugada, le dio curiosidad saber si alguien notaría en su cara lo que había hecho. Se levantó y se miró al espejo. No vio nada distinto, pero esta vez no hubo decepción. Se acordó de pronto que ya sabía cómo eran esas cosas.
 
Ilustración: Maia Debowicz
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Sonia Santoro
Escribió los libros Mariposas de río (Edelvives México-2021), Penélope recorre el mundo (Edebé México – 2017), Periodismo con G. Entrevistas en perspectiva (Ed. Biblos – 2016), Y un día me convertí en esa madre que aborrecía (Capital Intelectual – 2010), entre otros. Escribe en el diario Página/12.